¿Cuál será el rumbo que adoptará Donald Trump, un presidente que ha hecho de las acciones impredecibles y de las declaraciones contradictorias su principal estrategia? La derrota legislativa de mitad de mandato lo enfrentó a una encrucijada.
La determinación de ascender al supremacista de extrema derecha, Stephen Miller, al cargo de jefe de gabinete de la Casa Blanca es un mensaje claro: Trump ha decidido el camino de la radicalización.
De redactor de los discursos de Trump en el primer mandato presidencial (por recomendación del extremista Steve Bannon), Miller escaló a asesor de Seguridad Nacional al comienzo de la actual gestión. Diseñador de los programas de deportaciones masivas y de “Tolerancia Cero” contra los inmigrantes, este cientista político egresado de la Universidad de Duke, nacido en California en el seno de una familia judía demócrata, es uno de los fascistas más peligrosos del entorno de Trump.
Defensor de “la paz a través de la guerra”, el flamante jefe de gabinete adhiere al grupo que sostiene que el “derecho internacional es una tontería y que lo que realmente existe es la ley de la selva”.
En julio de este año, junto a los secretarios de Estado, Marco Rubio, y del Tesoro, Scott Bessent, Miller presentó un proyecto trumpista que amplía la persecución (seguida de prisión o muerte) a quienes piensan diferente: los iraníes, los musulmanes, los ateos, los marxistas o los antiimperialistas entre otros. Entre los delegados de varios países que asistieron a esa presentación estaba el canciller argentino Pablo Quirno.
La iniciativa titulada “Resurgimiento del terrorismo político” (una verdadera Doctrina de Seguridad Nacional del siglo XXI) busca perseguir, según dijo Rubio en aquella reunión de julio en Washington, “a los resentidos venenosos que se disfrazan de defensores de la igualdad, la justicia y la liberación”.
Este plan de extermino del “otro” se basa en la supuesta existencia de dos bandos antagónicos: los que odian y destruyen versus las fuerzas del bien, los “normales” (sic), “los hombres superiores que han construido lo bello y lo justo” (sic).
Esta última categorización (que recuerda las políticas eugenésicas del nazi Heinrich Himmler) estuvo a cargo de Miller, cuyo bisabuelo llegó a Estados Unidos, en 1903, huyendo de los pogromos del régimen imperial zarista. “Lo normal, lo bello, lo bueno, las familias son lo correcto”, argumentó Miller. “El izquierdista observa una familia perfecta, hijos perfectos que van a la iglesia todos los domingos, y se llena de envidia, odio y celos y transforma esas emociones, en un deseo de subyugar, oprimir e infligir dolor y sufrimiento”, dijo en la mencionada reunión.
La designación de Miller fue festejada, en Argentina, por el tuitero Juan Doe y, en Estado Unidos, por el ultraderechista Steve Bannon quien escribió en su War Room: “La decisión de ascender a Miller revela que el presidente Trump entendió exactamente cómo deben ser los próximos dos años. Es un verdadero F-U (fuck you) al establishment republicano”.
Ciertamente esa movida envía una señal de “mano dura” a la fracturada base electoral MAGA y a los demócratas triunfadores que asumirán en el Congreso el próximo 3 de enero. Miller augura tiempos tormentosos. El actual jefe de la minoría demócrata en la cámara baja, Hakeem Jeffries, pidió que Miller fuera despedido, no ascendido.
“Stephen Miller es un xenófobo peligroso y un extremista imprudente que tiene las manos manchadas de sangre estadounidense. Su presencia en el gobierno debería ser erradicada como un tumor maligno. ¡Despídanlo hoy mismo!”, escribió el demócrata que podría convertirse en el presidente de la cámara de Diputados en 2027.
Seis de cada diez votantes, en las elecciones de medio témino, consideraron que la guerra contra Irán fue un error. El voto castigo por esa embestida y por la incumplida promesa de “no más guerras” ha fracturado, hace varios meses, a la base electoral (MAGA) y también al aparato mediático conservador.
Ahora Trump debe resolver el dilema que tiene enfrentado a su entorno más próximo y cuya decisión va a ser determinante para lo que resta de su mandato: ¿qué hacer con una guerra que ha perdido legitimidad interna y que, según su desenlace, podría debilitar a Estados Unidos en la arena internacional?
Según The Wall Street Journal las tensiones en la Casa Blanca han crecido después de los comicios. En relación al conflicto en Asia Occidental, hay dos facciones enfrentadas. Una es la que insta a poner fin a la guerra. Está encabezada por dos ex negociadores con Irán, el vicepresidente J.D. Vance, uno de los posibles sucesores de Trump, y Steve Witcoff, el amigo inmobiliario de Florida. Vance, tal vez con fines electoralista, admitió poco después de la paliza en las urnas: “La razón por la que perdimos es la guerra”.
La otra facción es la que fogonea la reanudación de la ofensiva militar a gran escala, encabezada por el secretario de Guerra, Peter Hegseth, uno de los ministros más cuestionados por propios y ajenos. Según el mencionado diario, Hegseth ya ha presentado al presidente diferentes opciones militares.
Uno de los argumentos que esgrime este sector es que el legado político trumpista depende de conseguir que Irán abandone su programa nuclear y que ese resultado le permitiría al presidente presentar la guerra como un logro y justificar los costos políticos. La presión del dilema Irán es aún mayor a 10 días de la cumbre triparta (aún no confirmada) con sus pares, el chino Xi Jinping y el ruso Vladimir Putin, en Shenzhen, China.
El megaencuentro, impulsado por el Kremlin, sería en el marco del foro de la APEC (Cooperación Económica Asia Pacífico), el 18 y 19 de noviembre. Trump detesta presentarse como un perdedor. Aunque lo disimule hay dos hechos imposibles de negar. El primero es que la irreversible pérdida de peso de Estados Unidos a nivel global lo obliga a hablar con sus pares Putin y Xi de igual a igual.
El segundo punto es que la cumbre tripartita va a ser interpretada como un reconocimiento histórico y explícito de que ya está en marcha un nuevo orden multipolar, uno en el que Washington ya no podrá imponer, de manera unilateral, sus reglas.
Tiene una trayectoria de más de 30 años como periodista y analista de política internacional. Trabajó en numerosos medios gráficos (Página 12, Tiempo Argentino y Clarín) y medios audiovisuales. Fue conductora de Voces del Mundo en Sputniknews y co conductora en el multipremiado programa de VISION 7 INTERNACIONAL emitido por la TV Pública. Tiene varios libros escritos. Los más conocidos son: “Todo lo que necesitás saber sobre la Guerra Fría” (2019); «Territorios vigilados. Cómo opera la red de bases militares norteamericanas en Sudamérica» (Premio Libertador al Pensamiento Crítico 2012); Venezuela y la revolución (2008), entre otros.
Fuente: eldestapeweb.com















