En 1919 el periodista estadounidense John Reed publicó el libro “Diez días que estremecieron al mundo”, una minuciosa y comprometida crónica de las jornadas iniciales de la Revolución Rusa. Se trata de una de las joyas del periodismo del siglo XX, donde la cercanía ideológica de Reed al comunismo no choca con su capacidad profesional, donde pone el cuerpo y sigue la intensidad de la revolución del movimiento obrero ruso con una sensibilidad que le permite desde cubrir un mitín con un discurso del legendario Lenin hasta detectar que mientras los trabajadores de Rusia producían un acontecimiento con un excedente utópico que marcaría el planeta por décadas también seguía la vida cotidiana. Reed falleció poco después y está enterrado al pie de la muralla del Kremlin, en Moscú.
Entre el 25 de octubre y el 3 de noviembre pasaron 10 días en los que Lula Da Silva se impuso a Flavio Bolsonaro en las elecciones de Brasil, el genocida Benjamin Netanyahu no logró revalidarse como primer ministro de Israel y Donald Trump sufrió una histórica derrota electoral. Pero, si bien son acontecimientos relevantes en la actual tensión entre los Estados y los tecnócratas, entre las nuevas-viejas ultraderechas y los partidos tradicionales, y que reconfiguran en cierto modo el rumbo de Estados Unidos, de Latinoamérica y del conflicto en Medio Oriente, el que se estremeció es el mundo de Milei. En 10 días su pequeño círculo de ídolos se desmoronó.
En 1992, el politólogo Carlos Escudé publicó el libro “Realismo periférico: fundamentos para la nueva política exterior argentina”. El concepto de “realismo periférico” no era nuevo, pero en los 90 fue adoptado como una doctrina que dio un giro de 180 grados en el vínculo de la Argentina con el mundo y, especialmente, con Estados Unidos, con quien había mantenido una relación tirante y de no subordinación durante los gobierno democráticos bastante única en la región.
Hasta entonces, Escudé detectaba que la Argentina “ostentaba una posición singular en la región latinoamericana, en términos de sus confrontaciones con Estados Unidos”, detallaba que en el caso de las votaciones en la ONU había “una divergencia radical con Estados Unidos del 87,5%” en las votaciones y afirmaba que el país era un caso “único” en América Latina, producto de su prosperidad que le generaba expectativa de potencia mundial, su aislamiento geográfico, su sistema educativo y su “ideología ecléctica”.
Escudé entendía como países periféricos a todos los que no era miembros del Consejo de Seguridad de la ONU ni superpotencias como Alemania y Japón. Tampoco se refería solo al desarrollo o subdesarrollo, sino a una cuestión operacional. Y de conveniencia. Planteaba que toda la política exterior tenía que tener como foco principal a los ciudadanos, que como “los Estados Unidos constituyen la limitación externa individual más importante para la política exterior de los países de la región latinoamericana” era importante “tener buenas relaciones con esa potencia, siempre que estas buenas relaciones no sean a expensas de los intereses materiales de la Argentina”.
En resumen, no era un alineamiento automático en todo, sino identificar la debilidad de la periferia y trata de establecer una relación inteligente con Estados Unidos. El contexto empujaba a esas conclusiones: el desmembramiento de la URSS, la caída del Muro de Berlín, el reinado del Consenso de Washington y varias décadas establecidas de un mundo moldeado y controlado en su nueva ingeniería institucional (ONU, FMI, Banco Mundial, etc.) por el principal beneficiario de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial indicaban que era una política razonable.
Ese mundo ya no existe. Estados Unidos es hoy una potencia en declive, rezagado en materia comercial, financiera, tecnológica, logística e incluso en las instituciones que manejó durante décadas, mientras China es la potencia en ascenso que pica en punta en todas esas áreas. Argentina sigue en la periferia, pero aquel vínculo de los 90 que el entonces canciller Guido Di Tella bautizó como “relaciones carnales” parece un acto de soberanía al nivel del Gaucho Rivero al lado del alineamiento automático de Milei con su ídolo Donald Trump. Es un salto del “realismo periférico” al “realismo caprichoso”.
Milei no definió un alineamiento con Estados Unidos a lo Menem; implementa una delegación de la política exterior de la Argentina sin considerar que el uso que hacen las potencias de esa entrega será para sus intereses. Milei transformó Argentina en moneda de cambio en negociaciones de otros países. Ese realismo periférico de los 90 quedó reducido al fanatismo y la idolatría de Milei.
Milei piensa más en el Muro de Berlín caído hace casi 40 años que en la Muralla China que sigue en pie. Lo piensa tanto para la geopolítica como para la resolución de sus desbarajustes internos: en plena disputa por los fondos para el hospital Garrahan, Milei anunció que trabajaba en una obra de teatro titulada “Juicio al capitalismo”, que proyectaba presentar junto al Muro de Berlín y donaría los fondos recaudados en esa presentación para el Garrahan. La obra aún no se estrenó.
La reacción de Milei ante las derrotas electorales de Trump, Bolsonaro y Netanyahu (que tuvieron una precuela en Hungría con la caída de Víctor Orban) sumadas al escándalo que involucra al paraguayo Santiago Peña revelaron una nueva práctica de Milei. Hasta ahora Milei creía que publicaba algo en una red social y eso lo transformaba en un hecho incontrastable. De ahí deriva su furia cuando los periodistas producimos información periodística que desarma esas expresiones presidenciales. No odia a los periodistas, odia que se sepa que no tiene razón y ese saber esté chequeado, verificado, fundado. Le desespera que no funcione su eterno homenaje a la película “Dont look up”.
Ahora le sumó otra capa: no sólo quiere que lo que dice existe sin discusión, pretende que lo que no dice no pasó. Y así lleva ya dos semanas sin reconocer el triunfo de Lula en Brasil, casi una sin hablar de la derrota de Trump en Estados Unidos, varios días celebrando una gran elección del genocida Netanyahu cuando todo se encamina a que deje de ser primer ministro de Israel, y juega a la escondida en su relación con Peña, que hundió a Paraguay en una crisis social y financiera por los desfalcos a través de Ueno Bank.
Esta novedad en la comunicación de Milei denota su frustración. Entre el 25 de octubre y el 3 de noviembre, apenas 10 días, perdieron Bolsonaro, Trump y Netanyahu. Milei hizo campaña por todos: viajó a Brasil donde insultó a Lula y generó la ruptura de relaciones diplomáticas que sigue hasta ahora con el principal socio comercial de la Argentina; viajó, según el recuento del politólogo Pablo Salinas, 19 veces a Estados Unidos, muchas de ellas a eventos de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) donde apoyan la cruzada trumpista y entregan premios de cartón a los acólitos como Milei; y es el único presidente del planeta que se saca fotos con Netanyahu tras el genocidio que desató en Gaza y que le valió un pedido de captura de la Corte Penal Internacional como criminal de guerra. Ahora viajó a España para sacarse una foto con Santiago Abascal, el nazi que comanda VOX y que, tal vez, se la próxima víctima de la mufa mileísta en las elecciones de 29 de noviembre.
La baja productividad en su cuenta de X no implica que no hablara. Pero tampoco mencionó estos eventos de impacto global. En su intervención en la Cumbre Iberoamericana de Madrid parecía que lo iba a decir. “Celebro la elección” dijo apenas empezó. Pero se refería a “la elección de Andrés Delich como secretario general de la Organización de Estados iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura”. Promediando el mismo discurso arrancó una frase diciendo “aún así, las últimas elecciones” y ya parecía que iba a hablar de lo obvio. Pero no. Dijo: “Aún así, las últimas elecciones en Chile, Colombia y Perú impulsan una revelación una rebelión democrática contra el paternalismo y el abuso del poder”. Las últimas elecciones fueron en Brasil, Israel y Estados Unidos; eligió mencionar solo las que le gustó el resultado. Otra muestra de realismo caprichoso.
Durante el gobierno de Mauricio Macri el dispositivo comunicacional-empresarial que lo guiaba instaló la inevitabilidad de una secuencia presidencial que incluía 8 años de mandato, luego 8 años de “la leona” María Eugenia Vidal y luego 8 más de Horacio Rodríguez Larreta. La derecha había llegado para instalarse en el poder, tenían 24 años por delante asegurados, no había otro camino. Lo cierto es que Macri no pudo ni reelegir.
En la versión anarcocapitalista o liberal libertaria de esa derecha la operación se repitió. Ganaron algunas elecciones y el dispositivo tecnológico liderado por Elon Musk hacía parecer que era inevitable una larga prolongación de estos gobierno. El discurso permeó en muchos sectores e incluso líderes populares que en lugar de pensar sus errores abonaron a que la sociedad se derechizó y había que adaptarse a los nuevos y duraderos tiempos. Y, otra vez, tampoco pasó.
Milei, en 10 días, vio como se le derrumbó el castillo de naipes que vendían como un búnker impenetrable. Y como esos espejos de sus ídolos en los que se miraba hoy le reflejan algo que no quiere ver.
“Si no ganamos, es porque como sociedad estamos decidiendo suicidarnos”, dijo Milei en el foro “Vientos de cambio”, cuyo título tal vez era premonitorio pero no en el sentido que quería el presidente. Hablaba de su reelección y elegía una analogía suicida cuando los datos muestran un aumento récord de los suicidios. Un informe del Observatorio de Política Criminal que dirige Ariel Larroude muestra que “2025 fue el año de mayor tasa de suicidios registrados de la historia argentina”. Los datos también revelan que “la tasa de suicidios cuadruplica la de homicidios doloso” mientras la televisión machaca con que “si salís a la calle te matan” y el gobierno sube el presupuesto de seguridad mientras elimina el de salud mental.
Pero el dato que más debería preocupar a Milei es que “el suicidio comprende hoy en día la principal causa de muerte en jóvenes adultos del país” de entre 15 y 34 años, con mayor letalidad entre los hombres. Esos hombres jóvenes eran la base de su voto. Los varones blancos desencantados eran también el sostén de proyectos como el de Trump, pero en las últimas elecciones el 71% le dio la espalda. ¿Qué le pasará a Milei?
Fuente: eldestapeweb.com















