Durante 37 años, la política brasileña obedeció una regla que parecía de hierro. En las siete segundas vueltas disputadas desde 1989, quien salía primero en la primera ronda terminaba en el Planalto. Nadie había dado vuelta ese resultado. La noche del domingo esa regla se quebró. Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, se impuso con el 51,75% de los votos contra el 48,25% de Flávio Bolsonaro, tres semanas después de haber quedado casi dos puntos detrás. Será el primer mandatario brasileño con cuatro períodos y asumirá el 1 de enero de 2027.
La cifra es la superficie. Lula superó a las encuestas, al hijo de un expresidente preso por golpismo y a una ola conservadora que en casi tres años ganó en Argentina, Perú, Colombia, Chile y Bolivia. Superó también al candidato que Donald Trump recibió en el Salón Oval y al que Javier Milei acompañó en San Pablo.
El 4 de octubre, Flávio había sumado el 47,03% de los votos válidos y Lula el 45,16%, según el Tribunal Superior Electoral. Los sondeos de la última semana lo mostraban apenas arriba: 51 a 49 en Datafolha y empate en 50 en PoderData.
El sociólogo Daniel Schteingart ofreció en X una explicación al paso de la remontada. La participación subió del 79,3% al 80,9%, con 1,3 millones de votantes más, casi todos para Lula, sobre todo en el Sur y el Sudeste. El voto en blanco y nulo bajó del 4,5% al 3%, unos 900 mil sufragios menos, también en su mayoría hacia el presidente. El electorado de los candidatos eliminados se dividió: gran parte del de Cury fue a Lula, y el de Caiado y Renan Santos se repartió en torno al 40% para el presidente y el 50% para Flávio.
Un sondeo de Quaest del sábado daba indicios de lo que pasó: el 49% dijo que no votaría a Flávio bajo ninguna circunstancia y el 47% decía lo mismo de Lula. En una elección definida por el rechazo, ganó quien logró que los ausentes volvieran a las urnas y que parte del voto ajeno se corriera hacia su lado. En ese aspecto, Lula fue eficaz para trazar a su favor un cordón sanitario democrático.
La campaña de Lula ofreció, además, una agenda de cuidado contante y sonante: aumentos del salario mínimo por encima de la inflación, fortalecimiento de la atención primaria en el sistema público de salud, jornada escolar extendida y el fin de la jornada laboral 6×1, un proyecto que impulsó en el Congreso y que forzó a Flávio a votar a favor para no perder votos. Llevó esa propuesta a Belo Horizonte para recuperar Minas Gerais, el segundo distrito del país y un termómetro de lo nacional, donde con el 84% escrutado ganaba por 50,3% a 49,7%. Enfrente, Flávio prometió un tijeretazo al Estado, con reemplazo de empleados públicos por inteligencia artificial, congelamiento de salarios y pago por hora. Un espanto que sacó de sus casas a millones que en primera vuelta no fueron a votar.
La jornada no fue un trámite. Cerca del cierre previsto para las 17, las dos campañas pidieron más tiempo. El PT denunció fallas del transporte público en nueve estados: en San Pablo circulaba solo el 60% de la flota ordenada por la Justicia, y en Salvador un juez electoral ordenó la detención del secretario municipal de Movilidad, Pablo Souza. El PL pidió la prórroga por las lluvias en 17 municipios de tres estados.
El presidente del TSE, Kassio Nunes Marques, pidió informes y recordó que en 2022 la Corte había rechazado una extensión. Decidió el juez del Supremo Tribunal Federal Cristiano Zanin, exabogado de Lula y designado por él en 2023: votación hasta las 19 en todo el país, con el escrutinio ya iniciado.
Con el resultado puesto, el bolsonarismo convirtió el episodio en munición. Flávio se amparó en la prórroga para desconocer el resultado, una pirueta narrativa solo apta para fanáticos: el propio PL había pedido la prórroga, y una ventaja de 3,5 puntos vuelve difícil sostener que dos horas en mesas abiertas definieran la elección.
El resultado es también un balance de la política exterior de Washington. Trump recibió a Flávio en el Salón Oval en mayo y celebró su primera vuelta, pero ese respaldo no alcanzó. O mejor dicho: jugó en contra. En 2025 la Casa Blanca castigó a Brasil con aranceles y sancionó al juez Alexandre de Moraes; este año sumó un arancel del 25%. Lula lo convirtió en bandera: planteó la elección como una disputa entre un país autónomo y uno subordinado, y acusó a Trump de querer «colonizar» Brasil. Cada presión pensada para ayudar al pupilo alimentó el discurso soberanista de su rival.
Con Lula, Brasil no se sumará al Escudo de las Américas ni declarará terroristas a las facciones criminales, una medida que el petista rechaza porque abre la puerta a la injerencia extranjera. Es el primer freno al giro a la derecha regional, y llega cuando Trump encara las elecciones de medio término con la derrota de su aliado.
Como pupilo de Trump, Milei se jugó fuerte. En julio viajó a San Pablo al lanzamiento de la candidatura de Flávio, llamó «ladrón» a Lula y cuestionó el sistema electoral brasileño. La Cancillería de Brasil protestó por injerencia externa y convocó a su embajador.
Con el resultado adverso, el gobierno argentino se contorsionó en tres movimientos. El primero fue el silencio, en contraste con Rodrigo Paz Pereira, de Bolivia, y Santiago Peña, de Paraguay, presidentes de derecha que sí reconocieron el resultado en X: el boliviano habló de países vecinos y hermanos, y el paraguayo, de una agenda común de integración. Más efusiva, claro, la mexicana Claudia Sheinbaum celebró la democracia brasileña.
El segundo movimiento activó el relato del fraude. La Derecha Diario, de la ultraderecha regional -fundado por el argentino Fernando Cerimedo y hoy parte de un grupo del español Javier Negre en el que el empresario prebendario José Luis Manzano acaba de comprar participación-, habló de un «fuerte fraude en el Nordeste» y de un Sur «inundado». La diputada Lilia Lemoine escribió en X que cuando un «zurdo» pide dos horas más para votar es porque no llegaba con el fraude. El influencer Gordo Dan, activista digital de Milei, difundió la captura de una consulta a una IA según la cual los únicos presidentes latinoamericanos que alargaron la votación fueron Lula y Nicolás Maduro. Ninguno, por supuesto, aportó pruebas del supuesto fraude.
El tercer movimiento, menos perceptible, fue el festejo de reojo. Apenas se confirmó el resultado, el dirigente Alejandro Finocchiaro escribió que la Argentina «sigue siendo el faro de la libertad en el Cono Sur». El mensaje fue reposteado por Alejandro Álvarez, secretario de educación universitaria del Gobierno de Milei. No hay mal que por bien no venga, pensaron cerca de Milei: con la economía a la deriva, el gobierno podría obtener ayuda extra sin Bolsonaro como nueva estrella de la derecha regional.
Para el peronismo todo fue celebración. Kicillof sostuvo que ninguna injerencia extranjera ni campaña de odio derrota a un pueblo que defiende su soberanía, Cristina Kirchner habló de un «auténtico 17 de Octubre electoral» y Massa se ubicó «del lado Lula de la vida». Se entiende la emoción: la remontada de Lula ofrece un faro para la estrategia electoral que viene y, sobre todo, un colchón de gobernanza ante un eventual triunfo del campo popular.
La victoria no resuelve la gobernabilidad. El PL obtuvo 121 de las 513 bancas de Diputados y la coalición del PT quedó en 88, así que Lula deberá negociar cada votación con el Centrão. En el Senado, el PL tendrá 28 de 81 escaños desde febrero, más del triple que el partido del presidente. A eso se suma un Supremo Tribunal Federal que la oposición acusa de parcialidad, una sospecha que la prórroga de Zanin alimenta, y un país partido casi por la mitad.
Sin embargo, Lula, que sobrevivió a las cárceles de la dictadura, al lawfare y a una condena anulada por la Corte, volvió a hacer lo que nadie había hecho en Brasil: dar vuelta una segunda vuelta. Una agenda de cuidado, la movilización que llevó más gente a las urnas y la convicción inalterable de enaltecer la política como herramienta de transformación pudieron más que el respaldo de los tecno magnates y la principal potencia militar del planeta. Gobernar con medio país en contra será otra batalla. Nada nuevo para un luchador que ya se ganó el parnaso de la historia universal.
Nació en el barrio porteño de Villa Urquiza, en 1973. Egresado de la escuela de periodismo Taller Escuela Agencia (TEA), lleva 30 años desarrollando el oficio de periodista en radio, gráfica y tevé. En radio trabajó en las radios América, La Red, Del Plata y Somos Radio, entre otras emisoras, donde cumplió tareas como productor, columnista y animador. En la actualidad conduce Verdades Afiladas, en el mediodía de El Destape Sin Fin, de Buenos Aires. En televisión fue columnista político en las señales de noticias A24 y CN23, participó de ciclos periodísticos en la Televisión Pública, y condujo el programa de entrevistas Tenemos Que Hablar (#TQH). Escribió sobre actualidad política y económica en Noticias, Veintitrés, Poder y Perfil, entre otros, donde cumplió tareas como cronista, redactor y editor. En la última década ejerció la secretaría de Redacción en el diario cooperativo Tiempo Argentino. En la actualidad escribe y edita en El Destape. Publicó los libros de investigación periodística Banqueros, los dueños del poder (Editorial Norma) y El Agitador, Alfredo de Angeli y la historia secreta de la rebelión chacarera (Editorial Planeta).
Fuente: eldestapeweb.com














