Ya es (¡ya!) temporada de premios, es decir que estamos en la previa del Oscar, en los que los estudios de Hollywood y el sistema de distribución del cine mainstream se pone en funcionamiento con campañas millonarias para que alguna estatuilla quede en algún estante. Desde que nacieron en 1927, los Oscar son un argumento de ventas, una distinción que ubica títulos en el mapa y multiplica su valor más allá de su ventana de estreno.
Pero también los premios son el núcleo de una paradoja: si en las últimas dos décadas el gasto en campaña pro-premios de los grandes productores se multiplicó para instalar títulos, también se volvieron más previsibles. O quizás no sea una paradoja y los votantes de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood decidieron hacer caso al puñado de títulos por los que apuestan los estudios.
Es ocioso recordar la historia de los galardones, todos la conocen (o la recordaremos al acercarse la fecha… en marzo). Vamos a lo novedoso: cada vez hay más películas no estadounidenses pugnando por los premios y, al mismo tiempo, Hollywood parece derivar nuevamente a lo que podemos llamar “blockbuster de prestigio”. Lo primero tiene que ver con que el 22% de los más de 10.000 miembros con derecho a voto de la Academia no son estadounidenses, y entraron por una política de apertura que se desencadenó después de los “Oscar So White” en 2015, cuando todos los actores nominados a premios eran blancos. Ese crecimiento de los “extranjeros” generó, por ejemplo, que Parasite se llevara tanto el Oscar a Mejor película en idioma no inglés y el principal. La doble nominación (esa en la que fue pionera Gritos y Susurros, de Ingmar Bergman, en los sesenta), ya no es una rareza, más bien la norma.
Pero también sucedió algo: hay un cine de fantasía y aventuras que se volvió, al menos técnicamente, más sofisticado. Y con guiones más -por decirlo de alguna manera- solemnes. Lo que sucede hoy y vuelve previsible los reconocimientos, es que ya conocemos cuáles son los títulos que caben en esas dos categorías: el blockbuster “de qualité” (y no es ocioso utilizar el término que creó François Truffaut para esas películas que vampirizan el prestigio de otro medio, por ejemplo el literario) y los films que generaron premios y aplausos en el circuito de festivales. Y que, por supuesto, son distribuidos internacionalmente por una multinacional (con sede en Hollywood, claro). En un ejercicio de futurismo sin esfuerzo, pues, podemos hacer la lista de las próximas nominadas al Oscar a cinco meses de que se levante un premio. El lector debe tomarla de manera lúdica, porque seguramente habrá sorpresas. Porque hasta eso, la sorpresa, es previsible.
Las películas que seguramente peleen por el premio principal son La Odisea, La bola negra, Wild Horse Nine, La invitación, El debut, Proyecto fin del mundo, Fjord, Digger, You can see everything y Duna: Parte tres. Analicemos por estrato: La Odisea y Duna: Parte tres son los representantes del blockbuster de qualité, la fantasía y la aventura justificada por un prestigio ajeno. Es cierto que también está Proyecto…, que si es nominada lo será para perder, y allí lo que cuenta es que es un “crowd pleaser”, una película que satisface y alegra a todo el mundo. Siempre hay una.
Luego tenemos los dramas o comedias irónicas, prestigiosas, de autor y con Grandes Actuaciones (sí, en mayúscula). Ahí aparecen la comedia irónica La invitación, remake estadounidense de un film español a cargo de la también actriz Olivia Wilde, y los dramas (más bien irónicos) El Debut (por la que podría ganarse otro Oscar Julianne Moore) y Wild Horse…, de Martin McDonagh (que estuvo cerca de los premios con Tres anuncios por un crimen y Los espíritus de la isla). Y tenemos también la “polémica” del año (Digger) más las películas que no son estadounidenses, la rumana Fjord y la española La bola negra (también podrían ir por allí la polaca Fatherland, de Pawel Pawlikowski, que ya ganó con Ida, y All of a sudden, japonesa, de Ryusuke Hamaguchi, que ganó también por Drive my car). Y por último, esa que todos dicen que es una grandísima obra maestra, el documental You can see everything, que retrata los últimos días en libertad de Elizabeth Holmes, una self-made-woman estadounidense que se volvió multimillonaria con una empresa farmacéutica que resultó una estafa. Lo interesante es que nunca un documental fue nominado a Mejor Película. Spoiler: lo más probable es que gane La Odisea.
En los rubros actorales también hay previsibilidad. Se descuenta una nominación consuelo para Tom Cruise y el favorito a ganar es John Malkovich. Habrá nominación para Inde Navarrette, protagonista del fenómeno de terror Obsesión (otra que puede “sorprender”, incluso con nominación a mejor director) y todos apuestan a que gana, se dijo, Julianne Moore. Básicamente todas las noticias que se leen en los medios dedicados al espectáculo en los EE.UU. dicen lo mismo. Y en general es poco el desfase entre los rumores previos y los premios, sobre todo en tiempos de redes sociales e información instantánea.
Lo que es más interesante es que, en este estado de cosas, el Oscar está mutando hacia el “punto de llegada” de toda la industria global, en lugar de seguir siendo el termómetro de Hollywood. El Oscar -y de allí tantas injusticias- siempre muestra cómo quiere la Academia ser vista globalmente, en lugar de premiar lo que mejor conoce y hace. Las películas de suspenso de Hitchcock son obras maestras, pero en la época de su estreno eran consideradas apenas entretenimientos sin profundidad, así que raramente entraban en la lista de prestigio. Si ganaba algún gran entretenimiento, era porque había algo “prestigioso” detrás. Vincente Minnelli se llevó un premio por Un americano en París gracias a Gershwin y otro por Gigí gracias a Colette. Así piensa, o pensaba, la Academia. Hoy eso se extiende a toda la industria global.
Las películas “extranjeras” que suelen entrar en la lista son aquellas que representan un nuevo modo internacional de generar relatos audiovisuales. No es casual que suceda con el auge de las plataformas y que Netflix ocupe un lugar central: producir en otros países para audiencias globales (léase, para que también las vean los estadounidenses) ha llevado a un estilo “universal”, una estandarización que supera fácilmente las barreras nacionales. Después de todo, en la plataforma podemos elegir en qué idioma escuchar cada película.
Así las cosas, en estos comienzos de temporada Oscar podemos saber cómo va a terminar. Y seguramente cometamos errores en los nombres, pero eso no implica nada respecto del sistema, que se ha vuelto -si es que alguna vez no lo fue- una gran burocracia con alfombras rojas, vestidos de diseño y reacciones en redes sociales. Un juego menor, después de todo.
Fuente: lanacion.com.ar














