Tras las recientes elecciones legislativas en Israel, el primer ministro Benjamín Netanyahu y el bloque opositor liderado por Gadi Eisenkot quedaron atrapados en una parálisis parlamentaria. Sin los 61 escaños necesarios para constituir una mayoría propia y frente a la negativa compartida de pactar con las listas árabes, el tablero político se encamina hacia tiempos inciertos. El escenario actual Las elecciones no dejaron un ganador con capacidad de formar gobierno de inmediato.
Aunque el Likud de Benjamín Netanyahu fue el partido más votado con 27 bancas, los números no le alcanzan para asegurar su continuidad, mientras que la oposición tampoco reúne los apoyos para un recambio. En un parlamento de 120 escaños donde 19 quedaron en manos de partidos árabes -a los que ningún bloque quiere sumar a su coalición-, Israel vuelve a quedar atrapado en un bloqueo político. En el ámbito interno, el debate electoral se centró en la continuidad política de Netanyahu, sobre todo por su responsabilidad en los ataques de Hamás de 2023, la reforma judicial, el costo de vida y la exención militar para los ultraortodoxos.
No obstante, en seguridad y política exterior predomina una postura compartida entre los partidos sionistas, orientada hacia el rechazo a la creación de un Estado palestino, la permanencia en los territorios ocupados y el enfrentamiento con Irán. En ese sentido, figuras opositoras como Gadi Eisenkot o Naftali Bennett defienden una línea dura en defensa, con premisas de seguridad muy cercanas a las de Netanyahu. ¿Habrá cambio de gobierno?
En el parlamento israelí (la Knéset), se necesitan al menos 61 de los 120 escaños para constituir una mayoría. Ninguno de los dos bloques tradicionales alcanza esa cifra por sí solo: el bloque afín a Netanyahu suma 53 bancas y la oposición sionista reúne 48. Existen tres alternativas para intentar destrabar la situación, aunque todas con obstáculos: Una gran coalición de unidad: Implicaría reunir al Likud (27 escaños) con las principales fuerzas de la oposición, como Yashar de Gadi Eisenkot (21) y B’Yachad de Naftali Bennett y Yair Lapid (12).
Este esquema suma 60 bancas y requeriría incorporar a un socio adicional como Yisrael Beiteinu o los ultraortodoxos. Su viabilidad operativa es compleja por el veto explícito de Eisenkot a integrar un gabinete liderado por Netanyahu. Un frente opositor con respaldo de las listas árabes: Dado que la oposición sionista cuenta con 48 bancas, con el apoyo de Ra’am (8) y de la Lista Conjunta (11) alcanzaría los 67 diputados.
Esta fórmula está frenada por el rechazo de figuras como Avigdor Lieberman (Yisrael Beiteinu) y las reticencias de Naftali Bennett a pactar con fuerzas árabes. Quiebre de alianzas: Netanyahu necesitaría que Lieberman o sectores de la oposición rompan sus compromisos electorales y se unan a su bloque. Sin embargo, Lieberman mantiene un enfrentamiento histórico con los partidos ultraortodoxos por el reclutamiento militar, lo que descarta un acuerdo de este tipo.
Si ningún candidato logra conformar una coalición dentro de los plazos que fija la ley -que contempla un primer mandato de 28 días con posible prórroga de 14, un segundo intento de 28 días y un período parlamentario de 21 días-, la Knéset se disolverá automáticamente. En ese caso, se convocarán nuevas elecciones en un plazo de 90 días, durante los cuales Netanyahu continuará como primer ministro. El debilitamiento de Netanyahu Aunque el Likud fue la fuerza más votada con 27 bancas, el resultado debilita la posición de Netanyahu.
La cifra representa un retroceso frente a los 32 escaños obtenidos en 2022. Es así que el mandatario depende de sus aliados para cualquier intento de gobernabilidad, pero el problema es que las demandas de estos sectores chocan entre sí de forma irreconciliable. La presión del ala ultranacionalista Para intentar llegar a los 61 escaños, Netanyahu depende de sus socios más extremistas: Itamar Ben-Gvir (7 bancas) y Bezalel Smotrich (6 bancas).
Ambos condicionan su apoyo a profundizar el control total sobre Cisjordania, empujando una agenda de colonización que ahuyenta a cualquier fuerza moderada dispuesta a negociar. Para el sionismo religioso, Cisjordania -ocupada desde la guerra de 1967, cuando estaba bajo administración de Jordania- no es un territorio negociable, sino el mandato bíblico de la «Tierra Prometida». La crisis con los ultraortodoxos Las dos formaciones haredíes, Judaísmo Unificado de la Torá (7 escaños) y Shas (6 escaños), condicionan su apoyo a leyes y gobiernos que restablezcan la exención del servicio militar para los judíos ortodoxos, que históricamente no estaban obligados, al dedicar su vida por completo al estudio de la Torá.
Sin embargo, esta exigencia es incompatible con las demandas de la oposición. El frente judicial para Netanyahu Netanyahu continúa bajo proceso penal por acusaciones de soborno, fraude y abuso de confianza. Esta situación reduce sus incentivos para ceder el poder y fomenta el mantenimiento de pactos con los sectores que impulsan reformas sobre el sistema judicial y la Fiscalía General.
En la elección, el mandatario ha centrado su discurso en cuestionar la legitimidad de las listas árabes y en acusar a la oposición de pretender apoyarse en fuerzas no sionistas, una estrategia orientada a mantener alineada a su base electoral. Además, en el ámbito judicial internacional, la Corte Penal lo denunció por crímenes de guerra (como el uso de la inanición o el hambre como método de guerra y ataques intencionales contra la población civil) y crímenes de lesa humanidad (asesinato y persecución) en la Franja de Gaza entre el 8 de octubre de 2023 y el 20 de mayo de 2024. ¿Quién es Gadi Eisenkot?
¿Se diferencia políticamente de Netanyahu? Gadi Eisenkot se consolidó como el principal referente de la oposición tras obtener 21 escaños con su nuevo partido. Ejerció como jefe de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y formuló la Doctrina Dahiya tras la guerra de 2006 en Líbano, basada en el uso de una fuerza militar masiva y desproporcionada contra zonas urbanas e infraestructuras vinculadas a Hezbollah para restablecer la disuasión.
Asimismo, su posición política combina una línea en defensa similar a la de Netanyahu, pero con un enfoque de mayor alianza con los Estados Unidos. En el plano interno, representa a las clases medias urbanas, profesionales laicos y a los mandos militares. Incluso, representa a la movilización israelí que promueve una investigación independiente sobre el 7 de octubre -que el actual gobierno se niega a realizar- debido a que su hijo falleció en una ofensiva militar en Gaza dos meses después del ataque.
Aunque descarta una alianza con Netanyahu, su reticencia a pactar un acuerdo con las formaciones árabes le impide por ahora reunir los apoyos necesarios para encabezar un gobierno alternativo. El rol del voto árabe La población árabe-palestina con ciudadanía israelí representa cerca del 21% de la demografía del país. En estos comicios, protagonizaron un cambio determinante al elevar su nivel de participación, superando los registros de apatía electoral de 2021 (44,6%) y 2022 (53,2%).
Esto les permitió alcanzar 19 bancas en la Knéset, su mayor representación institucional hasta el momento. Esta representación parlamentaria se divide en dos corrientes con estrategias diferentes: mientras Ra’am (Lista Árabe Unida), con 8 bancas, prioriza el pragmatismo civil y la obtención de presupuestos comunitarios, la Lista Conjunta (11 bancas) sostiene una postura de reivindicación nacional palestina y oposición ideológica a los gabinetes sionistas. La paradoja radica en que, pese a tener la llave aritmética para formar gobierno en el parlamento, las listas árabes siguen marginadas por los consensos dominantes de la política israelí.
Mientras Netanyahu descalifica cualquier acuerdo con ellas, en la oposición conviven posturas irreconciliables: Yair Golan (Los Demócratas) apoya una alianza civil judeo-árabe, pero Bennett, Eisenkot y Lieberman rechazan formalizar acuerdos con fuerzas no sionistas. Conclusiones El balance electoral evidencia la rigidez del sistema parlamentario israelí, donde la fragmentación política y la falta de una mayoría de 61 bancas auguran negociaciones complejas bajo los plazos de la Ley Básica, con un alto riesgo de disolución parlamentaria y nuevas elecciones con Benjamín Netanyahu en funciones. Sin embargo, la persistencia de fuerzas conservadoras y de ultraderecha no se agota en su figura: responde a un consenso estructural de la sociedad israelí, cuya formación escolar, el servicio militar obligatorio y décadas de conflicto han consolidado una cosmovisión de seguridad estricta y rechazo hacia la población palestina, profundizada tras octubre de 2023.
Este escenario reabre el debate sobre el carácter democrático del país. Aunque Israel funciona formalmente como una democracia para sus ciudadanos con derecho a voto -incluidos los colonos en Cisjordania-, el Estado ejerce control territorial efectivo sobre más de 5 millones de palestinos en Cisjordania y la Franja de Gaza, que carecen de derechos políticos y sufragio. Esta asimetría convive con denuncias en tribunales globales por crímenes de guerra y de lesa humanidad, en un marco donde los reportes locales contabilizan 74.500 de víctimas mortales en Gaza y la ONU documenta una emergencia humanitaria extrema marcada por el asedio, el desplazamiento masivo y la falta de servicios básicos para subsistir.
Fuente: c5n.com














