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Tras un accidente de bicicleta en Berlín que lo dejó postrado en cama durante unos tres meses en octubre de 2022, David Bossek no tuvo mucho que hacer más que recostarse y reflexionar.
Tras recuperarse de una fractura de cadera y una trombosis venosa profunda en la pierna, el videógrafo alemán, ahora de 35 años, dedicó horas a replantearse su vida. Se dio cuenta de que había recibido el “raro privilegio” de poder hacer una pausa y decidió que, una vez recuperado, por fin perseguiría su sueño de viajar por el mundo.
Sin embargo, Bossek, que por aquel entonces trabajaba en ciencias ambientales, no tenía ningún deseo de simplemente ir de un destino turístico a otro en vuelos de larga distancia. En cambio, imaginó un viaje casi exclusivamente por tierra y mar, llevando un registro de su huella de carbono a lo largo del camino con el objetivo de compensar su impacto ambiental.
Desde que partió de Alemania en 2024, Bossek ha recorrido más de 90.000 kilómetros (más de 50 000 millas) a través de siete continentes como parte de su expedición de cuatro años “ONE PLANET”, un proyecto que describe como un experimento ambiental en marcha. Viajar de esta manera, afirma, ha cambiado por completo su percepción de lo que significa moverse por el mundo.
‘Un experimento ambiental en marcha’
“Te permite conectar con la gente y los lugares que conoces, te hace percibir las distancias de otra manera”, comenta a CNN Travel vía Zoom. “Siento que la belleza se aprecia más si bajas el ritmo, vas a un lugar y lo vives de verdad. Intentas conectar con el lugar y, además, buscas contribuir positivamente a los lugares por los que pasas”.
Para llevar un registro de su viaje, Bossek creó una calculadora de carbono diseñada para medir, reducir y compensar las emisiones generadas por sus desplazamientos.
Su ruta inicial lo llevó a través de Europa hasta Estonia, luego hacia el sur, y de allí a Gran Canaria y Tenerife, donde trabajó como videógrafo voluntario en un refugio de animales local. Cruzando el Atlántico en velero vía Cabo Verde, llegó a Brasil antes de viajar a dedo hasta Ushuaia, Argentina. Desde el extremo sur de Sudamérica, se unió a una expedición a la Antártida antes de trazar gradualmente una ruta hacia el norte hasta Alaska.
La ruta le presentó importantes obstáculos, como un robo en Brasil y trabas administrativas, entre ellas que le denegaran la entrada a Panamá en su primer intento. “Hay muchísimos momentos en los que, por supuesto, uno duda de sí mismo”, dice Bossek. “Pero es precisamente ahí donde se produce el crecimiento”.
Reconoce el papel que desempeñó su pasaporte alemán para facilitarle la entrada a algunos destinos, ya que le ofrecía la posibilidad de entrar sin visa, un privilegio que no está al alcance de los viajeros de muchos otros países.
Con el tiempo, el enfoque de Bossek para compensar su huella de carbono evolucionó. En lugar de esperar hasta el final de su expedición para calcular y abordar sus emisiones totales, se centró en contribuir económicamente a proyectos climáticos y aportar su tiempo y sus conocimientos a iniciativas locales a lo largo del camino. Ha colaborado como voluntario con perros husky en Estonia, perros de trineo en Alaska y en una granja ecológica en Australia. También ha organizado carreras benéficas y excursiones en grupo.
“No quiero que la responsabilidad comience cuando termine el viaje”, afirma. Entre sus objetivos a largo plazo se encuentran organizar iniciativas de plantación de árboles y, finalmente, comprar terrenos para restaurar un ecosistema degradado.
Cambiar las reglas
Sin embargo, cumplir estrictamente con la prohibición de volar resultó inviable. A finales de 2025, tras dos años viajando únicamente por tierra, Bossek reservó un vuelo desde Anchorage, Alaska, a Baja California Sur, México. Al no poder viajar por tierra a través de Canadá, y con el ferry estacional a México —donde tenía dos proyectos documentales pendientes— fuera de servicio durante meses, decidió volar.
“Las circunstancias explican mi decisión, pero no eliminan las emisiones”, afirma, señalando que ese único vuelo anuló una parte sustancial del ahorro de carbono que había acumulado. Desde entonces ha realizado dos vuelos, aceptando así la situación.
“Evitar los vuelos sigue siendo uno de los principios rectores más importantes de la expedición”, afirma. Sin embargo, “mantener una narrativa impecable sin vuelos”, no debe anteponerse al propósito científico, documental y social de la expedición.
Desde México, Bossek se dirigió a Panamá y navegó vía las Islas Galápagos hasta las Marquesas, en la Polinesia Francesa, llegando finalmente a Australia. Allí viajó a dedo por el Outback hasta Alice Springs y Yuendumu, antes de tomar un vuelo corto a la ciudad australiana de Cairns, al norte del país, tras conseguir un puesto de última hora como tripulante en un barco con destino al sudeste asiático.
“Ya no se trata del destino”, dice. “Se trata simplemente de la belleza de tener tiempo para explorar y disfrutarlo. Porque en cualquier otra vacación o situación, siempre habría algo o alguien esperándote. Y ese no es mi caso”.
‘Mi madre siempre está preocupada’
Bossek ha estado documentando su viaje en Instagram y planea lanzar un canal de YouTube a finales de este año con películas de estilo documental sobre su experiencia, así como sobre algunas de las iniciativas con las que se ha encontrado en el camino.
De cara a Asia y Medio Oriente, Bossek se enfrenta a un nuevo reto al viajar por regiones donde no habla el idioma local. (Habla con fluidez alemán, inglés y español, y tiene conocimientos básicos de francés y un poco de estonio).
“He podido comunicarme en todos los países que he visitado hasta ahora”, dice. “Así que será muy interesante ver cómo la infraestructura y el sistema de esos países apoyan mi objetivo de viajar con la menor huella ecológica posible”.
A pesar de la ilusión por lo que le depara el futuro, Bossek afirma que casi tres años de gira le han pasado factura emocionalmente. Admite que extraña cada vez más a su familia, a sus amigos y las pequeñas comodidades de la comida familiar y la rutina diaria.
“Mi madre siempre está preocupada”, bromea. “Si necesito que alguien me diga qué podría salir mal, llamo a mi madre”.
Sin embargo, dice que no se imagina pudiendo “quedarse quieto” por mucho tiempo y que probablemente estará listo para embarcarse en otra aventura poco después de terminar esta.
“Siempre estará ahí, y siempre seré una persona a la que le encanta explorar”, dice. “Eso no va a cambiar”.
Aventuras imprevistas
Desde el punto de vista financiero, la expedición se ha gestionado con un presupuesto muy ajustado. Empezó con pocos ahorros, pero afirma que no lo considera una limitación el dinero no debería condicionar ni definir el viaje.
Bossek rara vez paga alojamiento; en su lugar, acampa, viaja a dedo y trabaja como tripulante de barco. Ha construido una balsa para navegar por la Amazonía boliviana.
Espera que su expedición inspire a otros a viajar de una manera “más consciente, más pausada y más aventurera”.
Bossek espera regresar a Alemania en 2028, no tiene una fecha de regreso establecida, lo que deja espacio para “misiones secundarias” inesperadas e historias que valga la pena documentar en el camino.
“Si este viaje me ha enseñado algo, es lo impredecible que puede ser viajar de esta manera”, añade Bossek, señalando que “las condiciones meteorológicas, los barcos, las fronteras y las situaciones políticas cambiantes” pueden alterar las cosas en cualquier momento.
“La dirección es hacia casa; la ruta exacta y el horario aún están por definirse.”
Fuente: cnnespanol.cnn.com














