Tenaz y rebelde, la hija de la diva casi centenaria transitó su vida con tono propio y sin atarse a mandatos previsibles y roles preestablecidos
“La rebelde de los Tinayre”. Así presentaba Rolando Hanglin la columna de Marcela Tinayre en su programa radial RH Positivo. Su aseveración era precisa como un mecanismo de relojería suizo. No hay mejor definición para la descendiente de Mirtha Legrand y Daniel Tinayre, quien, desde ya, logró instalarse con nombre propio en la opinión pública a partir de su variopinta paleta de colores en torno a sus actividades profesionales y su insurrecta vida personal.
Este sábado cumplirá 75 y, mientras acompaña con cercanía el cotidiano de su madre y sueña con la celebración centenaria de la diva, construye su día a día sin medias tintas. A sabiendas, como siempre le sucedió, que ser libre tiene un costo que, en su caso, nunca se rehusó a pagar.
View this post on Instagram
No todos saben que trabajó para una multinacional en París durante años y que fue durante casi dos décadas la representante en Argentina de esa prestigiosa firma de rango aspiracional.
Se casó, se divorció y se volvió a casar. Fue madre cuando había que serlo y reincidió en la madurez, cuando el mandato dice que ya no se debe incursionar en las lides de la maternidad.
No fue sencilla la relación con su madre. El tiempo y las desgracias familiares las acercaron. Fue diezmada, más de una vez, pero jamás claudicó en su esencia. “Atravesé pérdidas muy grandes”, confesó en una entrevista con LA NACION hace algunos años. La contención le llegó en la plaza San Pedro de Roma en una breve charla con el Papa Francisco. Así es.
Pase de facturas
“No he cultivado mi fama, que será efímera”, sostuvo, alguna vez, Jorge Luis Borges. En el caso de Mirtha Legrand, podría afirmarse sin riesgo al error que su propio axioma se enfrenta al del autor de El informe de Brodie. Ofrendó su vida al público, como suele aseverar, pero, en ese derrotero elegido, con devoción por la vida pública, aparecen otros jugadores que padecieron tal filosofía de vida.
Siendo niña y adolescente, Marcela Tinayre “sobrellevó” la fama que se le legó impuesta. En los albores de su vida no disfrutaba de las miradas ajenas y, fundamentalmente, catalizaba de la mejor manera posible la ausencia de sus padres, debido a su nutrida agenda laboral y reconocida vida social.
“A los chicos les gusta que, cuando llegan del colegio, su madre esté para recibirlos y darles la leche”, afirmó, más de una vez, la longeva conductora, reflexionando, en voz alta, sobre esos momentos de ausencia en los que las empleadas de la casa “criaban” tanto a Marcela como a su hermano mayor Daniel.
La infancia de Marcela coincidió con el momento de esplendor de la carrera cinematográfica de sus padres, dispuestos a pasar todo el día, y más de una madrugada, bajo los focos de los sets. La actriz llegó a rodar embarazada y disimulando ante cámaras los signos del cambio en su físico.
El año en el que Marcela nació, la diva estrenó La vendedora de fantasías y Esposa último modelo, dos clásicos de su filmografía. Una muestra del momento profesional que transitaba la intérprete.
Cuando Mirtha lograba llegar a su casa al atardecer, bañaba a sus hijos, pero, generalmente, volvía a partir para cumplir con alguna temporada teatral o compromiso social. “Mis hijos me lo han reprochado, pero he intentado hacerles entender que su buen estándar de vida se debía al esfuerzo de sus padres”, confesó la longeva conductora televisiva, con un dejo de culpa.
Con todo, Marcela siempre destacó la disciplina y el afán por el trabajo y la responsabilidad que el matrimonio Legrand-Tinayre le inculcó tanto a ella como a su hermano.
Ya adolescente, germinó en Marcela un espíritu sedicioso e independiente, algo que su madre no aprobaba. El choque entre ambas no se hizo esperar. No se trataba de falta de afecto, sino de un contrapunto generacional y una mirada muy diferente sobre el sentido de sus vidas.
Aunque sin descuidar a sus afectos y su responsabilidad como madre, la diva jamás dejó de priorizar su actividad artística ni su rol como comunicadora. Cuando nacieron los famosos almuerzos televisados en el año 1968, su hija comenzaba a atravesar su mayoría de edad. “Chiquita” se enfrascaba en aquellas mesas en blanco y negro y Marcela despuntaba a la vida adulta, con las libertades que tanto disfrutaba. Cualquier similitud con Juana Viale, su hija, no es pura coincidencia.
Daniel Tinayre (h) tampoco eligió la vida expuesta y llevó al paroxismo su estricto bajo perfil. Poco se supo sobre él, más allá de su conocida vocación como médico veterinario.
Elecciones íntimas
En una reunión social, Marcela Tinayre conoció a Ignacio Viale, diplomático de carrera y con rasgos de galán de cine. El flechazo fue inmediato. Noviaron poco tiempo antes de contraer enlace en el templo del colegio San Martín de Tours, la exclusiva capilla de Palermo Chico.
Corría el año 1973 y aquella boda fue una de las más comentadas de la temporada social de Buenos Aires. Marcela lució un diseño de Gino Bogani, que causó cierto revuelo por su escote “strapless”.
La joven novia, estupenda en su estampa, tenía 23 años y muchas ganas de seguir disfrutando de las mieles de la autonomía y con casa propia, luego de años de vivir junto a sus padres en la mansión de la calle Ramón Castilla.
Si algo le faltaba a la vida de Marcela era habitar un espacio propio en materia laboral. Escorpiana de pura cepa, buscó denodadamente un rumbo que la satisfaga vocacional y económicamente.
Así fue como inició su vida empresarial trabajando para la casa Christian Dior en París. Su buen desempeño la llevó a convertirse, años después, en la representante de la marca en Argentina durante casi dos décadas.
Marcela, mamá
Los compromisos de su realización laboral no le impidieron ejercer la anhelada maternidad. En 1981 fue madre de Ignacio (“Nacho”), su primer hijo. Al año siguiente llegó Juana, su única hija. Sin embargo, la vida laboral de Marcela y los constantes viajes de su esposo erosionaron el matrimonio que, luego de 14 años de relación, concluyó, generando revuelo en la opinión pública.
Aquel divorcio les ocasionó un gran dolor a sus padres, quienes nunca dejaron de referirse a su exyerno en excelentes términos. A pesar de las rispideces y de la tirantez de los primeros tiempos, Marcela e Ignacio se convirtieron en grandes amigos, vínculo fraterno que continúa hasta el presente. Ella lo llama “Igna” y suele consultarlo ante situaciones de relevancia personal.
Marcela pasó mucho tiempo sola o sin una pareja estable y oficialmente presentada hasta que llegó a su vida el empresario Marcos Gastaldi. En 1997 se difundieron imágenes de una escapada que la pareja realizó a la Patagonia, punto de partida para la confirmación oficial de la relación. Fue la comidilla de la opinión pública, lo cual generó cierta incomodidad en Mirtha, quien no aprobó de movida la elección de su hija.
Al tiempo, Marcela y Marcos contrajeron enlace en Miami y, en el año 2000, cuando ya había cumplido su medio siglo, Tinayre anunció que sería madre por tercera vez. Fruto de la relación con Gastaldi nació Rocco, el hijo menor de Marcela.
La maternidad de Tinayre sorprendió. Con bastante impudicia y falta de sentido común, muchos la criticaron por haber elegido ser madre a una edad en la que tal cuestión no es tan habitual. Nuevamente, ella hizo gala de su enorme emancipación sobre la mirada ajena. Esa misma actitud tomó cuando se separó de Gastaldi. Rocco tenía ocho años.
En el interín se conoció una nueva relación y paternidad de Gastaldi, pero, con los años, volvió a formar familia con Marcela.
Cuando el empresario enfrentó una severa causa judicial en su contra, debido a la quiebra de una institución bancaria de la que era accionista y que concluyó con una pena de prisión, su esposa no dudó en apoyarlo.
Al tiempo, Marcos Gastaldi fue diagnosticado con una enfermedad degenerativa, lo que lo llevó a pasar sus últimos tiempos con grandes limitaciones motrices. La muerte lo sorprendió en el año 2020, en plena pandemia.
“Fue mi compañero de vida durante veinte años”, sostuvo Tinayre, cuando despidió a su marido en su programa Las rubias (Net TV), acaso el ciclo que mejor identificó a la conductora a lo largo de su trayectoria en los medios.
Entonces, Nacho Viale había publicado en sus redes una sentida despedida, declarando que cuidaría de su hermano, casi como si fuese su padre. Marcela siempre encontró en su hijo mayor un sostén donde apoyarse.
Hoy, Rocco Gastaldi mantiene una vida totalmente ajena a los flashes, pero muy unido a su madre, con quien convive, y a sus hermanos.
Si de amores se trata, siempre quedó flotando la idea de un romance trunco entre Marcela Tinayre y Samuel “Chiche” Gelblung. Ellos jugaron con el misterio y avivaron la llama del mito que da cuenta de la negativa de Mirtha y Daniel Tinayre a esta relación.
Modo propio
Si con su madre las idas y vueltas eran notorias, con Daniel Tinayre la cosa era distinta. Marcela y el director de películas como La Mary o La Patota, estandartes del cine argentino, establecieron una rápida complicidad. “Nos gustaba comer en buenos lugares y viajar”, reconoció ella.
A medida que Marcela fue creciendo e independizándose de mandatos y miradas, la comunión con su progenitor se potenció mucho más, al punto tal que padre e hija solían realizar viajes internacionales en los que no era convidada “La Chiqui”. “Me enteraba cuando tenían las valijas preparadas”, reconoció alguna vez la estrella de eltrece. Está claro que no resultaba sencillo salir de viaje y “soportar” el nutrido equipaje de la diva, entre otras “adversidades”.
Daniel era un sibarita y contagió tal característica en su hija menor. Solían recorrer juntos los refugios parisinos donde se ofrecía la mejor gastronomía. “Me enseñó a no utilizar perfume para salir a cenar, para que nada interfiera con el aroma de las comidas”, contó la hija que siempre sintió debilidad y adoración por su padre.
Marcela y Daniel eran compinches. Compartían gustos, modos de mirar la vida. “Papá, ¿viajamos?”, y allí iban los dos sin Mirtha. La hija impredecible hacía y deshacía a su modo. Y su padre le seguía el tren. “Chiquita” tronaba, pero se imbuía en su trabajo y dejaba pasar el desaire.
Misma profesión, temple distinto
Así como la vida empresarial la completó laboralmente, hubo un tiempo en el que Marcela Tinayre entendió que la conducción y la comunicación eran también aristas vocacionales.
Sin embargo, cargar sobre sus espaldas el aura de Mirtha Legrand no era tarea sencilla de sobrellevar. Las comparaciones no se harían esperar; la siguen confrontando.
Primero fue como columnista radial y luego como conductora de televisión. Hizo mucho. Desde magazines de actualidad hasta tomar la posta de un clásico para la audiencia femenina de los 90, Utilísima.
Hace una década apostó por Las rubias, donde se encontraba acompañada por algunas de sus amigas más íntimas, aunque al aire no se llevó bien con todas.
Su última aventura frente a cámaras fue la conducción de Polémica en el bar, cuando el histórico formato creado por Gerardo Sofovich cumplió 60 años en el aire y ya era producido por Gustavo Sofovich. Otra vez los riesgos. Le salió bien, una vez más, quedando asentada, en la historia del programa, como la primera y única mujer que se plantó en la silla de la conducción del formato.
Si en los albores de su carrera como conductora, las comparaciones con su madre eran la constante, lo cierto es que Marcela Tinayre pudo marcar la cancha, diferenciarse de Mirtha y ofrecer un estilo informal alejado de los protocolos estelares de su progenitora.
A la hora de preguntar, heredó la picardía y el “sin vueltas” de la reina madre. Y hasta se dio el lujo de echar de su estudio a Javier Milei, cuando nada hacía suponer que se convertiría en Presidente de la Nación.
Cartografía trunca
El 24 de octubre de 1994 falleció Daniel Tinayre. Fue un punto de quiebre en el organigrama familiar. Mirtha apechugó su carrera, apoyada en los cuidados y asesoramiento de Carlos Rottemberg, amigo y socio de su esposo fallecido, y productor de Almorzando con Mirtha Legrand.
Marcela acompañó a su madre con gran entereza y, de a poco, madurez mediante, comenzó a acercarse cada vez más a ella. Tal unión se terminó de rubricar ante otro hecho luctuoso que masacró a la familia. El 20 de abril de 1999 falleció Daniel Tinayre (h), luego de un breve período de convalecencia.
“Cuando se te va un hermano, se te borra la historia de la familia, se acaban los recuerdos compartidos”, reflexionó en voz alta Marcela.
La partida prematura de “Danielito”, a sus 50 años, implicó que Marcela se acercara estrechamente a su madre. Ambas estaban en un momento de madurez y la ausencia de los seres queridos impulsó un entendimiento mucho más fluido.
En 2014, visitó Italia y no dudó en acercarse a una de las audiencias públicas del Papa Francisco en la plaza San Pedro a los pies del Vaticano. “Su Santidad, soy…”, y Jorge Bergoglio, sin dejarla terminar, le respondió con un cálido “sos Marcela, ¿cómo está tu madre? Decile que siempre pienso en ella”. Aquellas palabras oficiaron de bálsamo y una fuente de energía para los años siguientes en los que Tinayre iba a estrecharse mucho más a su madre.
Con los años, Mirtha también perdió a sus hermanos, Goldi y “Josecito” y su hija estuvo allí para sostenerla. Incluso, fue quien se acodó al costado de la cama de la diva cuando tuvo que anunciarle la partida de Silvia Legrand.
Hoy, Marcela es una mujer omnipresente que abraza a su madre y satisface todas sus necesidades afectivas y físicas. En la última internación de Legrand, no se despegó de su lado, acudiendo al centro de salud donde se alojaba la diva de manera diaria.
Este sábado, Marcela Tinayre cumplirá 75 años y, según pudo saber LA NACION, la celebración se organizaría en su espaciosa casa de Barrio Parque con un almuerzo exclusivo. Aunque nadie lo quiere aseverar, es un secreto a voces que acudiría Mirtha.
Nació insurrecta, rebelde, de armas tomar. La mujer que puede ir al programa deLegrand “con la peor de las ondas” o con toda amorosidad. Se esculpió a sí misma buscando construir una vida y una personalidad propias, sin emular el legado familiar. Lo logró. Y, como suele suceder en los derroteros de la vida, hoy es ella quien oficia de madre de su madre. Es la “rebelde de los Tinayre” que sabe ocupar su lugar y el rol que le toca jugar en cada etapa de su vida.
Fuente: lanacion.com.ar














