Hasta principios de este año existía un triángulo de hierro que unía a la ultraderecha de América y Europa; en cada uno de sus vértices aparecía Donald Trump (en el superior) y Javier Milei y el húngaro Viktor Orbán (en cada punta de la base). Pero después de 16 años en el poder, el primer ministro de Hungría perdió inesperadamente su elección nacional y el triángulo se convirtió en una línea recta a través de la cual las órdenes venían desde Washington a Buenos Aires. Mientras tanto, la derecha ganaba terreno en Sudamérica, obteniendo resonantes resultados electorales en países como Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Paraguay, entre otros, sumando aliados a la entente conservadora comandada desde la Casa Blanca con sucursal en la Rosada.
Solo Brasil quedaba como bastión del progresismo continental, y representaba uno poderoso, teniendo en cuenta su peso político en la región y su peso específico global al ser la décima economía más importante del mundo, previéndose que llegue a ser la octava el año próximo, según estimaciones del FMI. Y ahí apareció Flávio Bolsonaro, íntimo de Trump y Milei —como su condenado padre—, para poner al pueblo brasileño en su lugar… Pero las cosas no salieron como se pagaron: el Partido Liberal perdió el balotaje frente al PT y hoy Bolsonaro es un prófugo más de la Justicia brasileña, en parte gracias a la colaboración logística del mileísmo.
Un revés duro de digerir para la entente que, no obstante, se mantenía en pie gracias al liderazgo de Trump y a viejos y nuevos aliados, como Benjamin Netanyahu en Israel, en el primero de los casos, y a Santiago Peña en Paraguay, en el segundo. Las elecciones legislativas israelíes, sin embargo, tampoco resultaron como Trump y Milei esperaban: después de haber gobernado añares a discreción, hoy Netanyahu no tiene los apoyos necesarios para formar gobierno, ya que su bloque está lejos de la mayoría absoluta requerida en la Knéset (parlamento). Para colmo de males, el liderazgo de Trump fue puesto en tela de juicio en su propio país, cuando hace apenas dos días los estadounidenses propinaron un castigo electoral histórico a su partido, el Republicano, haciéndole perder control del Congreso ante el Partido Demócrata.
Y otra mala noticia llegó a las pocas horas, sobre todo para el Presidente argentino —proclamado referente indiscutido sudamericano de la ultraderecha—: su aliado en el Mercosur, el paraguayo Peña, se vio obligado a renunciar tras la grave crisis política y financiera desatada tras la intervención y cierre de Ueno Bank. O renunciaba o lo echaban, ya que en una sesión en la Cámara de Diputados del Paraguay que aprobó por unanimidad avanzar con un juicio político en su contra, contando incluso con el respaldo de sectores de su propio partido (el Colorado) y tras jornadas de protestas en Asunción. Un final que, junto a la derrota del bolsonarismo y de Trump, pone en jaque la influencia global de la ultraderecha y, en particular, el liderazgo regional de Milei, que de ahora en más deberá instrumentar medidas más pragmáticas para no quedar diplomática y económicamente aislado del mundo occidental al que tanto se aferra, mientras su programa de ajuste perpetuo sigue colgado del hilo de la ayuda financiera que provenga de Washington o el FMI.
Fuente: minutouno.com














