Un estudio de la Universidad de Georgia determinó que una diferencia de apenas uno o dos grados Celsius en la temperatura de incubación puede definir el sexo de las crías de caimán americano(Alligator mississippiensis), con implicancias directas para la estabilidad de las poblaciones ante el calentamiento global.
Los hallazgos, publicados en el Journal of Experimental Biology y divulgados por Phys.org, surgen de experimentos con 146 huevos recolectados de siete nidos en Carolina del Sur.
El trabajo fue liderado por Karin Ebey, estudiante de doctorado en la Escuela de Ecología Odum de la UGA, y por Benjamin Parrott, profesor asociado del Laboratorio de Ecología del Río Savannah y la misma escuela. También participaron los graduados Christopher Smaga, Mathews Nascimento y Thomas Rainwater.
La investigación parte de una limitación de los estudios anteriores: los experimentos previos incubaban huevos a temperaturas constantes en laboratorio, condiciones que no reflejan la realidad de los nidos silvestres, donde los valores térmicos oscilan a lo largo del día y ocurren fenómenos climáticos como las olas de calor.
Las temperaturas moderadas favorecen el desarrollo de machos
Para replicar las condiciones naturales, los investigadores incubaron los huevos a cinco temperaturas diferentes, con promedios de entre 30 y 33,9 ℃ y fluctuaciones diarias de aproximadamente 2,8 ℃. Con los datos obtenidos, construyeron un modelo matemático capaz de relacionar las condiciones térmicas de incubación con el sexo biológico.
Según el patrón identificado, las temperaturas más frías —en torno a los 30 ℃— y las más elevadas —cercanas a los 36,1 ℃ o más— tienden a producir más hembras. Los valores térmicos intermedios, de entre 32,2 y 33,3 ℃, generan una mayor proporción de machos. Entre ambos extremos, los caimanes son principalmente machos.
“Sabemos, gracias al monitoreo de los nidos, que estos ciclos de temperatura fluctúan. Pero también sabemos que una pequeña diferencia puede provocar que nazcan mayoritariamente machos o hembras”, señaló Parrott.
Y agregó: “Esto es muy relevante para entender cómo va a cambiar el medio ambiente en un futuro próximo. Si las temperaturas están afectando la proporción de sexos, eso es un problema grave”.
El calor extremo feminiza antes de lo que se creía
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que el punto a partir del cual el calor favorece el nacimiento de hembras ocurre a una temperatura más baja de lo que indicaban los métodos anteriores.
Mientras que estudios previos situaban ese umbral alrededor de los 36,1 ℃, el nuevo modelo señala que la probabilidad de desarrollo femenino comienza a aumentar desde los 33,9 ℃.
Además, la investigación revisó una hipótesis extendida sobre el impacto de las altos valores térmicos en los embriones. Trabajos anteriores habían advertido que las temperaturas superiores a los 34,4 ℃ podían resultar perjudiciales, y que la supervivencia se veía comprometida cerca de los 36,1 ℃.
Sin embargo, el estudio halló que breves periodos de calor de hasta 35,6 ℃ no dañan a los embriones y, en cambio, incrementan la probabilidad de que se desarrollen como ejemplares femeninos.
“Para la salud y la estabilidad de la población, creo que esas pequeñas diferencias son realmente importantes”, afirmó Parrott, quien añadió: “Cuando una población está desequilibrada, puede afectar su crecimiento. Si se empieza a perder hembras, la población puede verse seriamente comprometida”.
El nuevo modelo podría aplicarse a otras especies de reptiles
“Este trabajo es importante porque busca garantizar que contemos con una herramienta precisa para poder decir: ‘Bien, esta es la temperatura de un nido. ¿Qué sexo tendrán probablemente los caimanes que nazcan de este nido?’“Así podremos saber mejor qué esperar”, explicó Ebey.
Los investigadores sostienen que el método podría extenderse a otros reptiles con determinación del sexo dependiente de la temperatura, como tortugas marinas, cocodrilos y tortugas de agua dulce. En ese sentido, estos reptiles funcionan como especie modelo por ser abundantes y estar entre los reptiles mejor documentados por la ciencia.
Más allá de su papel como depredadores, los ejemplares son considerados ingenieros de ecosistemas: su presencia y comportamiento modifican el entorno en beneficio de otras variedades. Por eso, comprender cómo el clima puede alterar su población tiene implicancias que van más allá de la población en sí.
“Esperamos que lo que aprendamos sobre ellos también pueda servir de base para los esfuerzos de conservación de otras especies de cocodrilos”, indicó Ebey.
Parrott, en tanto, advirtió sobre los límites actuales del conocimiento en esta área. “Es un paso adelante y una herramienta excelente, pero aún necesitamos mucha más investigación para poder predecir correctamente la proporción de sexos en poblaciones de tortugas marinas, caimanes, cocodrilos o tortugas de agua dulce”, señaló.
Fuente: infobae.com















