«De esto se trataba: ganar adeptos idiotas útiles y romper Occidente», posteó hace unos días Andrés Calamaro en sus redes sociales, sobre los disturbios en Francia. El autor de Mil horas no es un eminente politólogo ni tampoco un analista internacional reconocido, pero suele ser un eco bastante fiable de las visiones de la derecha sobre distintos temas. Y, en este caso en particular, su mensaje replicaba la hipótesis de que lo que está ocurriendo en Europa es fruto de la inmigración y la complicidad del progresismo con lo que los agitadores ultras suelen llamar la «invasión silenciosa».
Dejando de lado de que las manifestaciones en Francia suelen desembocar en potentes disturbios desde el ya lejano mayo de 1968, incluso cuando están protagonizadas por franceses rurales, mayormente blancos y «de bien», como los «chalecos amarillos», la visión de la derecha y la ultraderecha choca además contra una realidad más concreta. Los manifestantes que están saliendo a las calles de España. Francia, Grecia, Albania, Portugal e Italia, entre otras países, protestan por cosas muy cotidianas, como el deterioro del Estado de bienestar del que disfrutó la generación de sus padres, el aumento del coste de la vida y la incapacidad de acceder a una vivienda en ciudades copadas por la especulación y el turismo masivo.
Algunos analistas ya comenzaron a llamar «Octubre rojo» a esta ola de movilizaciones que vuelve a poner el foco sobre la habitualmente acusada de apática Generación Z, que hace exactamente un año había protagonizado una marea similar en países menos «centrales» como Nepal, Indonesia, Perú y Marruecos, entre otros. Dos culpables para una misma crisis: las elites o los inmigrantes En Europa, este octubre en llamas contrasta con otro fenómeno que nace del mismo descontento, pero se expresa de manera diametralmente opuesta. Con sus distintas variedades, las protestas juveniles vienen apuntando contra las elites políticas y empresariales, los especuladores inmobiliarios y las plataformas digitales que vehiculizaron la crisis urbana y de vivienda en las grandes ciudades del continente.
La reflexión sesuda de Calamaro da cuenta de la otra visión que atraviesa a la Europa del descontento, aquella que culpa de la crisis a la inmigración masiva -principalmente a la de los países musulmanes y del África subsahariana-, factor indispensable y mano de obra barata para el boom económico que viene disfrutando la región desde las últimas décadas del siglo pasado. La paradoja está servida: mientras los jóvenes copan las calles con reclamos de más y mejor Estado, en las urnas viene creciendo una ultraderecha neoliberal que se hace fuerte en la estrategia del «chivo expiatorio» que tanto recuerda a los oscuros años entre las dos guerras mundiales. Tal como ocurrió entonces, el malestar no está conduciendo a una posición favorable a la izquierda.
Mientras las imágenes de las protestas sacuden a medios y redes, en un segundo plano las fuerzas de ultraderecha consolidan su presencia electoral en buena parte de Europa. Alemania ofrece uno de los ejemplos más significativos. En las elecciones federales de febrero de 2025, Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el 20,8% de los votos y se ubicó en el segundo puesto.
En Portugal, el partido Chega profundizó su ascenso en las elecciones legislativas de mayo de 2025 y se convirtió en la segunda fuerza parlamentaria, mientras que en Italia e la ultraderecha ya forma parte del Gobierno desde hace rato, de la mano de Hermanos de Italia, el partido de Giorgia Meloni. En Francia, el Reagrupamiento Nacional (RN), liderado por Marine Le Pen, obtuvo más del 30% de los votos en las elecciones europeas de junio de 2024, un resultado que llevó a Macron a convocar elecciones anticipadas. En la primera vuelta de esos comicios, la alianza encabezada por el RN quedó en primer lugar y, aunque no le alcanzaron los escaños para formar gobierno, ahora está en una posición inmejorable para alcanzar el poder en los comicios del año que viene, en caso de que el actual presidente logre durar hasta entonces.
Algo parecido pasa en España, el otro epicentro de las protestas juveniles. Dentro de un mes, el país irá a elecciones con pronósticos que vienen marcando una posible coalición de gobierno entre la derecha clásica del PP y la ultraderecha de Vox. Un análisis publicado en septiembre de 2026 porel diario francés Le Monde estimó que el respaldo conjunto a los partidos de ultraderecha promedia el 20% en los países europeos y que esas fuerzas ya participan de gobiernos o sostienen mayorías parlamentarias en varios Estados de la Unión Europea Un mapa de protestas que no deja de extenderse Tras los brotes iniciales en España y Francia, Italia se sumó al mapa de las protestas estudiantiles durante la segunda mitad de octubre.
El 16 de ese mes, alumnos de distintas ciudades participaron en movilizaciones agrupadas bajo la consigna No Meloni Day, en referencia a la primera ministra amiga de Javier Milei. Como en la Argentina libertaria, las manifestaciones incluyeron reclamos por las condiciones de las escuelas y el financiamiento de la educación pública. Al día siguiente se registraron enfrentamientos entre manifestantes y policías en Milán, con episodios de vandalismo y saqueos.
También hubo incidentes en Turín y Bolonia. El contexto italiano presenta una particularidad: el malestar social se desarrolla bajo un Gobierno encabezado por una fuerza de derecha radical. Meloni, líder de Hermanos de Italia, construyó su ascenso sobre un discurso nacionalista y conservador, pero también sobre el desgaste de los partidos tradicionales y la demanda de estabilidad.
Dos elementos que ahora se le han vuelto en contra suya. En Bélgica, las manifestaciones de octubre estuvieron vinculadas principalmente con los recortes presupuestarios y las condiciones del sistema educativo en las comunidades francófonas. Los estudiantes secundarios comenzaron a movilizarse a principios de mes en solidaridad con sus pares franceses.
El 9 de octubre, decenas de miles de personas participaron en marchas contra las medidas de austeridad y el deterioro de los servicios educativos. Uno de los puntos de conflicto es la reforma de las condiciones para conservar las ayudas públicas durante los estudios universitarios. Las organizaciones estudiantiles sostienen que las exigencias académicas, combinadas con la necesidad de trabajar para financiar los estudios, perjudican a quienes cuentan con menos recursos económicos.
También cuestionan los aumentos previstos en los costos de acceso a la educación superior. Las protestas belgas muestran que la precariedad juvenil se expresa actualemente incluso en economías desarrolladas, en las que el acceso a la formación universitaria y las posibilidades de progreso se convirtieron en temas en disputa. Y allí es donde parece estar el fuego que aviva las protestas, más que en una reedición de las cruzadas medievales.
Fuente: c5n.com














