Terror en las calles de Beirut, una ciudad partida donde los ataques israelíes no dan tregua.
La capital de Líbano está en shock; testimonios de los residentes de Dahiyeh, el barrio más bombardeado y bastión de Hezbollah.
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BEIRUT.– Explosiones, columnas de humo negro, terror, shock y centenares de personas acampadas en las calles, en las plazas y en la famosa “corniche”, la costanera de Beirut.
Si en Beirut casi todos creían estar acostumbrados a la guerra -el Líbano padeció una sangrienta guerra civil entre 1975 y 1990 y luego diversos conflictos contra Israel, el último, en 2024-, lo que sucede ahora, dicen, horrorizados, es algo nunca visto.
La guerra está alcanzando el corazón de Beirut, una ciudad partida, rota, asustada, en shock. En la madrugada del jueves ocho personas murieron en un ataque israelí ocurrido en el reconocido paseo costero, famoso por sus playas, hoteles y restaurantes de pescado.
La tarde de este jueves, en medio de una nueva fase y en una nueva escalada, fueron atacados dos edificios del centro de la capital. Según las Fuerzas de Defensa de Israel, había objetivos del grupo armado proiraní chiita, Hezbollah, que aquí no es considerado terrorista, sino que es un partido político.
“No hay ningún lugar seguro en Beirut porque no sabés quién es tu vecino y no sabés cuándo va a llegar la bomba israelí”, dice Alí, nuestro intérprete que, como todos, vive el momento. “Esto es una ruleta rusa”, agrega. Él también debió dejar su casa del barrio de Dahiyeh, barrio de mayoría chiita del sur de la ciudad y feudo de Hezbollah. “El primer día de la guerra bombardearon el edificio al lado del de mis padres, que todavía no sé cómo sobrevivieron… Los daños fueron enormes y nos tuvimos que mudar… Fue a las dos de la mañana pero yo estaba afuera, con mis amigos, cuando pasó”, cuenta.
Dahiyeh es el barrio más popular de Beirut. Normalmente vive un millón de personas. Pero ahora no queda nadie. “Es zona de guerra y sólo los locos o algunos drogadictos se quedaron”, explica Alí. La mayoría huyó después del comienzo de los bombardeos de Israel, el 3 de marzo pasado, en represalia de ataques lanzados contra Israel por Hezbollah, que quiso vengarse del asesinato del gran líder supremo de la república islámica, Ali Khamenei, perpetrado por la ofensiva conjunta de Israel y Estados Unidos en Irán.
La “vendetta” de Hezbollah provocó la reacción inmediata de Israel, que abrió sobre este diminuto país -más pequeño que la mitad de la provincia de Tucumán-, un nuevo frente de guerra que se va ampliando explosivamente con el correr de las horas y que nadie duda que podría transformarse en una nueva invasión.
Al margen de eliminar a Hezbollah -sus infraestructuras, sus hombres, sus guaridas, estén en Dahiyeh o en zonas del centro de Beirut-, Israel quiere crear una zona de amortiguamiento en el sur del Líbano para que nunca más caigan misiles sobre el norte de Israel. En la noche del miércoles, esa zona sufrió un ataque coordinado de Hezbollah e Irán con centenares de misiles y drones. Se trató de un ataque conjunto que sorprendió a todos porque indicó que ni Hezbollah ni el régimen de los ayatollah están tan debilitados como se pensaba. Y que reforzó la determinación del gobierno de Benjamin Netanyahu -ya implicado en una guerra con Irán que su aliado, Donald Trump, podría terminar de un momento a otro-, de intensificar en el Líbano para ir, esta vez, por todo.
Según el ministerio de Salud libanés, la nueva ofensiva causó hasta ahora 687 muertos, incluyendo 98 niños, y 1774 heridos y la evacuación de más de 820.000 personas: no sólo las del barrio de Dahiyeh -en gran parte, en ruinas-, sino también desde el sur del Líbano.
“Advertí al presidente del Líbano, Joseph Aoun, que si su gobierno no sabe cómo controlar el territorio e impedir que Hezbollah abra fuego contra Israel, tomaremos el territorio y lo haremos nosotros mismos”, dijo el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, al subrayar el intenso ataque de la noche de Hezbollah contra Israel.
“El ejército respondió con fuerza”, dijo Katz, y agregó que el primer ministro Benjamín Netanyahu “instruyó a las FDI a prepararse para una expansión de las actividades en el Líbano y restaurar la seguridad en el norte”.
En este marco, Beirut aparecía una ciudad partida en dos y bajo shock por bombardeos nunca antes vistos en su parte céntrica ni en la corniche. Con la parte norte con algunas tiendas abiertas y con algo de vida y con el barrio de Dahiyeh, en el sur, convertido en zona de guerra y casi vacío. Y con su gente, la mayoría de religión chiita, pero no por eso miembros de Hezbollah, desparramados en departamentos, refugios públicos, escuelas y en un estadio, pero también en carpas o incluso durmiendo en autos.
“En las guerras siempre aparecen los buitres que se aprovechan del pánico y la mayoría de la gente no tiene plata para pagarse un hotel o ir a alquilarse algo… Están pidiendo 3000 dólares por mes para una casa, en lugares de porquería”, denuncia Ali, economista que trabaja junto a su padre en una empresa importadora de café, pero que ahora, con el país paralizado, trabaja de “fixer”, asistente de periodistas.

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