Dicen quienes entienden de los mecanismos del cerebro que nuestro órgano pensante tiende a buscar el menor gasto de energía posible y, por ello, le resulta más cómodo aceptar ideas preconcebidas, que validan de manera automática sus suposiciones, que establer mecanismos complejos de análisis, interrogación y crítica. Dicho en plata, nuestro cerebro prefiere creer antes que pensar, sencillamente porque pensar siempre es más pesado y costoso. Además, las creencias y los dogmas reducen la ansiedad, otorgan certidumbres allí donde había miedos, y generan una sensación de grupo que da seguridad. Los pensamientos, en cambio, exigen mucho trabajo, alimentan la duda y singularizan al individuo alejándolo de la masa. Desde cualquier perspectiva, no hay un lugar más solitario y amargo que…
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