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Un itinerario por el arte argentino, bajo la aguda mirada de Julio Crivelli

Poradmin

Nov 14, 2021
Julio Crivelli y su mirada sobre el arte y otros temas vinculados
Julio Crivelli y su mirada sobre el arte y otros temas vinculados.

En su nuevo libro «Peregrinaciones y viajes mágicos. Notas sobre arte, historia e identidad», el coleccionista y presidente de Amigos del Bellas Artes, Julio Crivelli, reúne una serie de ensayos y conferencias que de manera heterogénea y azarosa repasan algunas de las más destacadas obras de arte de la Argentina, las piezas fundantes de esa colección nacional o la amistad entre Jorge Luis Borges y Xul Solar, entre otras temáticas.

El Museo Nacional de Bellas Artes, cuya Asociación de Amigos Crivelli preside desde hace una década, ocupa gran parte de este libro (editado por Mardulce) cuya fundación en 1895 es precedida por uno de los hechos más curiosos y absurdos de la historiografía local: tan solo cuatro años antes de crear el museo, el pintor Eduardo Schiaffino se bate a duelo con el crítico español Maximiliano Eugenio Auzón, porque este último afirmó que no existía un arte nacional.

«El crítico español decía que el arte argentino no podía existir porque este país era una mezcla de razas caótica y no había una cultura única. Tuvo una polémica muy fuerte con Schiaffino, que sostenía lo contrario y del debate en los diarios se pasó a un duelo ‘a primera sangre’, que el pintor perdió cuando fue herido en la mano derecha. Pero cuatro años después pareciera que ganó la pelea porque logró fundar el Museo Nacional de Bellas Artes de la Argentina», cuenta Julio Crivelli en diálogo con Télam.

Aquel episodio -el más encarnizado que alguna vez haya existido entre un crítico y un artista- surgió a raíz de una exposición en la calle Florida con obras de Eduardo Sívori, Ángel Della Valle, Reinaldo Giudice y el propio Schiaffino, quien pretende fundar un arte nacional. Los pintores habían viajado a estudiar a Europa con becas del gobierno, y exhibieron en esa muestra por primera vez los frutos de aquella travesía. Cuando el crítico español Auzón visitó la muestra, publicó una reseña fulminante: «¡Pero qué arte nacional ni qué berenjenas! Es inútil pensar en ello hasta dentro de 200 años y un par de meses». Su crítica hace hincapié además en que los artistas hayan viajado al Viejo Mundo por cuenta del Tesoro Nacional. Schiaffino, en tanto, es un convencido de la necesidad de ayuda estatal para crear un museo público y apoyar económicamente a los artistas. Y le espeta al español ser un pintor frustrado. El debate sube de temperatura y todo desemboca en los hombres empuñando sables.

El increíble suceso -que luego fue adaptado al teatro por Rafael Spregelburd en la obra «Apátrida. Doscientos años y unos meses», en base a la investigación de la historiadora Viviana Usubiaga– se inscribe como fundante e incipiente origen de lo que es hoy la institución de arte más importante de Argentina, que alberga un patrimonio sumamente diverso de pinturas, esculturas, dibujos, grabados, textiles y objetos.

El incidente tan épico como ridículo, no solo tiene como tema principal la discusión de la identidad sino también la responsabilidad del Estado en la formación y promoción de los artistas y la aparición de un mercado de arte vernáculo. «En el fondo la discusión era si se puede hacer una sociedad a partir de una población heterogénea como la de inmigrantes que había en Argentina en el siglo XIX, o si jamás iba a poder tener identidad argentina, porque finalmente el arte es una expresión de la identidad», añade Crivelli, cuyo libro sobrevuela de manera permanente el tema de la identidad y el arte.

«El arte es un lugar de resistencia», dirá el coleccionista sobre una de las hipótesis esbozadas en el libro y vinculada a este tema: «A partir de Leopoldo Lugones nace el gaucho como héroe mítico de la Argentina, se genera una épica a su alrededor, cuando en realidad la Argentina la hicieron los inmigrantes. Incluso el primer grupo de intelectuales se llama Martín Fierro, que es emblema de un gaucho analfabeto, desertor y asesino; este es el héroe epónimo de los argentinos. Es una manera de abandonar la épica de la inmigración y generar la épica de un gaucho, que nunca estuvo. El fenómeno se desarrolla en la literatura, en el cine, en la publicidad, y penetra profundamente, pero hay un lugar de resistencia: es el arte plástico», opina Crivelli.

«El arte mantiene siempre un lenguaje de la inmigración, de la ilustración, sin importar las convicciones políticas. Antonio Berni se expresa con un lenguaje de la pintura de los inmigrantes, como todas las artes plásticas de la Argentina, el arte es el lugar de resistencia», confía el autor de «Peregrinaciones y viajes mágicos», dueño de una colección de 90 obras de arte que van de los años 60 a la actualidad.

Crivelli dedica largos tramos del libro a la colección Manuel José de Guerrico, un estanciero y militar vinculado a Juan Manuel de Rosas, el primer coleccionista argentino quien donó la colección fundante del museo de Bellas Artes, más de 600 pinturas, esculturas y objetos que incluyen bronces de Auguste Rodin, dos pinturas de Tiépolo, varias escenas de género flamencas, pintura religiosa española e italiana, presentada tal como la albergaba la familia en el living de su casa de calle Corrientes.

Estructurado en tres ejes -arte precolombino, europeo y argentino- el Museo posee actualmente 14.000 obras en reserva y 1.300 en exposición: «Mientras que la mayoría de los museos exhiben un 20% de su colección, el nuestro exhibe un 12%. Necesitamos más superficie, porque hay movimientos como La Nueva Figuración, el Arte Concreto-Invención, o el arte cinético -los más potentes que tuvo Argentina- que necesitan su propia sala permanente y no la tienen. Tenemos obra para mostrar, eso por ahora no tiene solución a la vista», sostiene.

Además de fotografías que ilustran la colección del museo, pero también la del autor, el libro incluye sendas páginas a desmenuzar el vínculo entre dos amigos: Jorge Luis Borges y Alejandro Xul Solar, quienes se conocieron en los círculos literarios y artísticos de la publicación Martín Fierro; así como otras más al libro «Rayuela» del argentino Julio Cortázar.

Compendio de obsesiones y temáticas, para su autor, hay una línea conceptual que atraviesa todo el libro y es «esa triada que tenían los griegos: el deseo, el intelecto y el misterio, que se pone de manifiesto en las colecciones de arte. En todos los textos hay un tránsito permanente de esos tres elementos, y esta triada está permanentemente presente en el arte. Los capítulos de este libro son, también, estaciones en una peregrinación que no tiene ni requiere punto de llegada», afirma Crivelli.

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